Editorial: Rivalidad sana
Editorial: Rivalidad sana

“Un joven con síndrome de Down asistía a una piscina para nadar desde hacía bastante tiempo. Nadaba con bastante soltura y había adquirido un buen ritmo y una velocidad más que destacada. Un día, se celebró una competición de natación, a la que acudió con algunos de sus compañeros.
En la carrera en la que él participaba, salió muy bien y comenzó a distanciarse de los demás competidores. Cuando estaba realizando el último largo, ya cerca de la meta, se detuvo y esperó a los otros. Al final, los demás nadadores le adelantaron y llegó en uno de los últimos puestos.
La madre le preguntó por qué se había parado, si había tenido problemas al respirar o le había ocurrido algo. Él le explicó que no le había pasado nada; sencillamente se aburría de nadar solo y prefirió esperar a los demás para llegar juntos.”
Anécdotas reales, como la anterior, surgen con frecuencia entre las personas con síndrome de Down que participan en competiciones deportivas o de ocio, y son repetidas una y otra vez por padres y profesionales que las han vivido de cerca. El segundo artículo de la Revista Virtual de este mes presenta una experiencia de este estilo que abunda en esta idea. Artículo 2: Respeto, Cariño y Rivales en el agua
Y es que los niños, jóvenes y adultos con síndrome de Down cada vez acuden con mayor frecuencia a pabellones y gimnasios para practicar muy distintos deportes, participando de esta realidad como una muestra más de su paulatina incorporación a la vida en sociedad en sus diferentes opciones. Y se suman a eventos competitivos junto con sus hermanos o compañeros, aunque lo hacen desde su peculiar forma de ser y de ver el mundo.
Acuden semana a semana a los entrenamientos para prepararse, se ejercitan como el que más, cometen errores y aprenden de ellos, muestran su constancia y su capacidad de esfuerzo y, al final, acuden a la competición programada.
Pero una vez ahí, surge su naturaleza interna y se muestran tal y como son. Es posible que les cueste captar el objetivo final de la competición (vencer a los demás) o sencillamente que su capacidad de empatía sea demasiado poderosa, pero el hecho es que, al terminar la carrera, gane quien gane, todos se alegran. Y para los que pierden, siempre habrá abrazos y muestras de apoyo por parte del resto.
A diferencia del concepto de competición al que estamos habituados, basado en el principio de “yo gano y tú pierdes”, ellos siempre juegan con un enfoque “yo gano y tú ganas” o, lo que es lo mismo, todos ganamos siempre, pues cuando tú ganas, mi alegría es tan grande como la tuya. Tu alegría es mi alegría, y sea quien sea el que primero llegue a la meta, los dos seremos ganadores.
Es evidente que el deporte competitivo tiene sus ventajas, entre otras la de ayudar a sacar nuestra mejor versión, al comparar nuestras fuerzas cuando nos colocamos frente al espejo de los demás. Pero la lucha final siempre es contra uno mismo, más aún para aquellos que, en igualdad de condiciones, tienen menos opciones de ganar.
Por eso, la rivalidad real, la rivalidad sana, es aquella que nos lleva a competir con otros para mejorar individualmente, lo que en coherencia ha de suponer que, una vez utilizada la competición como estrategia de mejora, lo que ocurra después no tiene ninguna trascendencia y todos salimos ganando, sea quien sea el que atraviese en primer lugar la línea de meta.
Quizás las personas con síndrome de Down, desde la atalaya de su visión limpia de la realidad, hayan alcanzado un nivel de conocimiento que a los demás se nos escapa, y entiendan que la rivalidad sana es aquella que convierte a mi rival en mi amigo. Al fin y al cabo, la competición no es más que una forma de sacar lo mejor de nosotros mismos, cada uno dentro de sus posibilidades, por lo que siempre, siempre, vamos a acabar ganando.




Comentarios
El título de mi comentario lo he robado del fantástico artículo que publica en esta revista Beatriz Gómez-Jordana.
No puedo estar más de acuerdo con lo que dice, que indudablemente es fruto de su profundo y cercano conocimiento de las personas con síndrome de Down.
Mil gracias por todo, Beatriz.
Qué alegría sentirte tan cerca.
Un enorme abrazo, extensible a tu hija Beatriz y a tu hermana Reyes.