Editorial: El efecto Pigmalión

Editorial: El efecto Pigmalión
Editorial: El efecto Pigmalión

El efecto “Pigmalión”

 

Pigmalión, históricamente, se relaciona con un relato de la mitología griega incluido por Ovidio en “La metamorfosis”. Pigmalión, rey de Chipre, buscaba a una mujer para casarse que debía ser perfecta a sus ojos, pero no la encontró. En su frustración decidió dedicarse a la escultura y esculpió a Galatea, una mujer tan hermosa que se enamoró de ella. Pigmalión soñó que la estatua cobraba vida. Al despertar del sueño, se encontró con Afrodita, la diosa griega de la belleza y el amor que, conmovida, le dijo «mereces la felicidad, una felicidad que tú mismo has plasmado. Aquí tienes a la reina que has buscado. Ámala y defiéndela del mal». Y así fue como Galatea se convirtió en humana.

En pedagogía se conoce como efecto Pigmalión el proceso por el que las expectativas que se planteen respecto a las posibilidades educativas de una persona se convierten en profecías autocumplidas, de manera que se logra aquello que se espera alcanzar. Las expectativas influyen hasta tal punto sobre el alumno que le incitan a actuar de forma que lo esperado se hace realidad. Este efecto se cumple tanto en sentido positivo, cuando se plantean expectativas favorables, como en sentido negativo, cuando no se espera nada del educando.

El fenómeno fue estudiado por dos investigadores, Rosenthal y Jacobson, que demostraron que la forma en que los profesores tratan a los estudiantes en función de lo que esperan de ellos, hace que a los que consideran más capacitados les dan más y mayores oportunidades educativas, mientras que a los alumnos que creen que tienen menor capacidad, les proporcionan menor estimulación. En la investigación comprobaron que se daban tres comportamientos determinantes en los docentes en relación con los estudiantes de los que esperaban más: mayor interacción (realizaban interacciones más personales, comentarios más extensos, explicaciones más largas y variadas si no entendían lo que se estaba explicando); mayor refuerzo emocional (más gestos de aprobación, más sonrisas) y mayor atención (se les ofrecían más recursos complementarios, más lecturas y mayor exigencia). Este modo de actuar era, en muchas ocasiones, inconsciente.

Es evidente que este efecto limita las posibilidades educativas de los niños con síndrome de Down si el profesorado que les atiende no cree en ellos y les presenta menos oportunidades de aprendizaje. Esta realidad queda patente, por ejemplo, en las interacciones verbales con el estudiante, que tienden a reducirse al no confiar en su respuesta, limitando el acceso de la información y produciendo el efecto antes predicho, de falta de respuesta por su parte. Como el niño no responde, apenas se le habla y, al no hablarle, sus respuestas se reducen. Es decir, las bajas expectativas nos introducen en un círculo vicioso de difícil salida.

Maestros y padres han de tener en cuenta que una de las limitaciones inherentes al síndrome de Down son sus limitaciones con el lenguaje expresivo verbal, no así con el lenguaje comprensivo cuya capacidad es mayor. Cuando el educador le habla o le pregunta, el niño con SD apenas responde o lo hace dificultosamente, es decir, no puede contestar o explayarse, lo que puede llevar a que el docente deje de intentar comunicarse con él. El efecto Pigmalión aparece de nuevo.

En definitiva, el efecto Pigmalión se utiliza en educación para definir la influencia de las expectativas de los educadores sobre los logros reales que alcanzarán sus alumnos. Las perspectivas que se mantengan respecto a las posibilidades futuras de las personas con síndrome de Down determinarán el grado de desarrollo que van a conseguir en su vida. Si una madre o un maestro esperan poco de un niño con síndrome de Down, poco lograrán. Por el contrario, cuanto más altas sean sus expectativas de logro, mayores y mejores serán los resultados alcanzados. Cuanto más esperamos de alguien, más probable es que actuemos de tal manera que propiciemos el comportamiento esperado en esa persona.

Los educadores (padres o maestros) exigentes son, en último término, los que demuestran más confianza en sus hijos o alumnos puesto que si les piden más es porque creen que pueden dar más. Sin caer en la sobre-exigencia o en la sobre-estimulación, cuyos efectos son más perjudiciales que beneficiosos, los educadores que confían en sus aprendices son los que les demandan mayores logros, en la confianza de que podrán sacar de ellos lo mejor que llevan dentro.

¿Tenemos altas expectativas de nuestro hijo, de nuestro alumno con síndrome de Down? En el fondo, se trata de que el educador crea en el niño, que le transmita confianza, una confianza que se ha de extender más allá de la fe del niño en sus propias posibilidades, más allá de sus propias dudas e inseguridades. Si se cree en él, acabará por creer en sí mismo. Cambiando nuestra mirada probablemente cambiaremos nuestra realidad.

 

 

 

Comentarios  

+3 #1 VerdaderoSimone Clini 28-01-2026 15:19
Exactamente así fue con mi hija!!! No aguantaba las actividades propuestas por la escuela! Yo tuve que adaptarlas todas!
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+3 #2 RE: Editorial: El efecto PigmaliónJuan María Martínez 28-01-2026 21:08
Muy buena editorial.
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