Editorial: Todos somos discapacitados

Todos somos discapacitados
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), hay cerca de mil trescientos millones de personas con discapacidad en el mundo o, lo que es lo mismo, aproximadamente el 16% de la población mundial tiene algún tipo de discapacidad. Para entendernos, una de cada seis personas es una persona con discapacidad.
Una gran parte de la población observa a las personas con síndrome de Down y con otras discapacidades reconocidas con curiosidad, otra parte con lástima y, en ocasiones, incluso con rechazo, mal o bien disimulado, por aquello de lo políticamente correcto. Sin embargo, con los datos anteriores en la mano, es evidente que cualquier ciudadano convive en su entorno cercano con alguna persona con discapacidad, salvo en el caso de alguien que viva completamente aislado. En prácticamente todas las familias hay o ha habido una persona con discapacidad.
Más aún, la discapacidad está presente en todos los seres humanos en algún momento de su propia vida. Como especie, durante nuestra primera infancia somos probablemente el animal más desvalido que existe. El cachorro humano, debido a determinadas características evolutivas, como el aumento del tamaño del cráneo, nace “demasiado pronto”, sin haberse desarrollado por completo, por lo que su cerebro se desarrolla en gran parte fuera del útero materno. Cuando nacemos, los seres humanos somos seres indefensos durante nuestra primera infancia o, lo que es lo mismo, dependemos de otros seres humanos para sobrevivir. Somos discapacitados.
Si vivimos el número suficiente de años y llegamos a esa segunda infancia que es la ancianidad, volvemos a ser discapacitados, debido a las enfermedades o afecciones que acompañan inevitablemente al deterioro progresivo del cuerpo y de la mente. Los grandes avances de la medicina de las últimas décadas nos han permitido sobrevivir hasta edades relativamente avanzadas, pero pagando el precio de perder gran parte de nuestras capacidades por el camino. En la ancianidad volvemos a ser discapacitados.
Y a lo largo de ese trayecto vital, diversos acontecimientos, imprevistos y no deseados, llevan a muchas personas a perder algunas de sus facultades, a sufrir mermas en sus funciones o estructuras corporales y mentales, debido a factores de lo más variados: enfermedades sobrevenidas, infecciones, accidentes, traumatismos, … Los datos confirman que la gran mayoría de las discapacidades se adquieren después del nacimiento. Muchas personas, de la noche a la mañana, sin esperarlo ni poderlo evitar, pasan a ser discapacitadas.
Sabiendo esto, es difícil entender cómo podemos observar desde la distancia la discapacidad, como si fuera algo ajeno, cuando es evidente que la discapacidad está siempre en el horizonte de probabilidades de todo ser humano. Cuando observamos con extrañeza a una persona son síndrome de Down o con otra discapacidad visible, deberíamos de ser conscientes de que, en el fondo, nos estamos mirando a nosotros mismos, y a nuestra intrínseca indefensión. Porque, a fin de cuentas, todos somos discapacitados.




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Leonor y Juan Carlos D´Aloisio Argentina.