Editorial Marzo 2025: Equidad e igualdad en la escuela
EQUIDAD E IGUALDAD EN LA ESCUELA
Se respira en la actualidad una inquietud creciente a favor de la inclusión escolar de los niños con discapacidad en los centros educativos ordinarios. Recoge, a su vez, una amplia corriente de pensamiento extendida por todo el mundo y dirigida a conseguir que la sociedad acoja en su seno en igualdad de condiciones a todas las personas. La fuerza de esta corriente se manifiesta en la multitud de leyes y reglamentaciones favorables a la inclusión educativa que se han promulgado en muy diferentes países y organismos internacionales en los últimos años. Sin embargo, esa marea legislativa no siempre tiene su reflejo en la realidad diaria de las aulas donde, con frecuencia, los profesionales se ven desbordados en el día a día del quehacer docente por las exigencias de las necesidades educativas de esos alumnos que han de incluir.
Se suele entender la igualdad social como un principio basado en proporcionar lo mismo a todas las personas, entendiendo que todas han de contar con las mismas oportunidades y derechos. Una escuela igualitaria brindará, por tanto, los mismos recursos a todos sus alumnos, sin discriminar a nadie. Pero no es justo dar lo mismo a todos si no todos parten del mismo lugar. El profesor Miguel Ángel Santos Guerra, antiguo catedrático de la Universidad de Málaga, nos invita a imaginar una carrera en la que se reta a todos los animales de la selva a llegar a una meta, por ejemplo, subir a un árbol. Uno es un elefante, otro un mono, otro un caracol, otro un águila, otro una liebre, otro un pez y otro una serpiente. Es fácil crear una imagen en nuestra mente con los animales preparados en la línea de salida para llegar a la rama del árbol que es la meta común para todos. Y rápidamente se aprecia que no puede valorarse el resultado con la única base de la igualdad si no se tiene en cuenta la diferencia de capacidades, aptitudes, actitudes, motivaciones, intereses, recursos o potencialidades, con que cada uno comienza su carrera.
En la escuela, todos los niños trabajan para alcanzar los mismos objetivos, dirigidos, en principio, a lograr la capacitación precisa para poder responder a las demandas que la sociedad les presentará en el futuro. Es lo que podríamos llamar el salario cultural mínimo con el que debería contar cada persona y que el Estado estaría obligado a proporcionar a todos y cada uno de sus ciudadanos. Se concreta en forma de una titulación básica a la que todos los niños que comienzan, ilusionados, la escuela, pretenden acceder.
Pero en esta carrera, no todos parten del mismo lugar, puesto que muchos tienen determinadas características innatas que les van a hacer algo más escarpado el camino. Hay quien presenta algún tipo de discapacidad sensorial, por ejemplo, con pérdidas importantes de visión o de audición. Otros tienen limitaciones intelectuales, como es el caso de los niños con síndrome de Down. Muchos cuentan con taras físicas y de movilidad. Los hay que tienen problemas para acceder al idioma que se emplea en la escuela y quienes encuentran su barrera en un entorno sociofamiliar poco enriquecedor. En todos esos casos, cada niño intenta alcanzar la misma meta desde diferentes puntos de partida.
La equidad va más allá de la igualdad, buscando alcanzar una justicia social que tenga en cuenta la individualidad de cada persona. La escuela inclusiva no ha de pretender igualar a todos los alumnos, sino normalizarlos. Y normalizar no es tratar a los niños con necesidades educativas especiales en la escuela de forma normal, como si no las tuvieran. No significa tampoco lograr que desaparezca su discapacidad, que dejen de tenerla, que se curen, que sean normales, dando por supuesto que el mero hecho de compartir sus horas de clase con los demás niños va a hacer que se esfume su diferencia personal por arte de magia. Normalizar no es tampoco aplicar para ese niño las mismas medidas que para un hipotético alumno medio, suponiendo que un trato semejante es sinónimo de una mejor atención.
Normalizar es aceptar las condiciones personales de cada niño. Normalizar es responder con equidad a su diferencia. Normalizar no es tratar a todos de forma igual, sino, como dice Wolfensberger, utilizar los medios tan normativos como sea posible, de acuerdo con cada cultura, para conseguir o mantener conductas o características personales tan cercanas como sea posible a las normas culturales del medio donde vive la persona. En el caso de los alumnos con síndrome de Down y con otras discapacidades, cuando se incorporan a la escuela, eso obliga a proporcionarles los apoyos que necesitan y a tomar las medidas organizativas y metodológicas oportunas, para que puedan compartir la escolaridad en entornos ordinarios de forma natural.
Que todos no somos iguales, es evidente. Lo normal es ser diferentes. Para normalizar hay que dar más al que menos tiene, utilizando un principio de equidad que compense la desigualdad natural con la que nacemos. Y ese es un compromiso que la escuela ha de asumir si pretende acoger en su seno a todos los niños, sea cual sea su condición, y ser modelo de tolerancia y justicia para el conjunto de la sociedad.
Y siguiendo el hilo de esta reflexión, queremos animarlos a que, con motivo del Día del Síndrome de Down que se celebra el próximo 21 de marzo, se sumen a las campañas que las distintas entidades y asociaciones ponen en marcha para concienciar a la sociedad sobre la importancia de acoger con naturalidad a las personas con síndrome de Down en todos los entornos.




Comentarios
Sigan así, por favor.
Muchísimas gracias y un enorme abrazo.