Editorial: Aceptación y confianza
Editorial. Julio 2023: Aceptación y confianza
¿Y no tienes miedo de que lleguen a ser más conscientes de sus limitaciones, y por ello sufran más? A veces nos hacen esta pregunta.
El problema penetra en lo más radical de nuestra conciencia y responsabilidad. Por una parte sentimos la obligación de ayudar a incrementar el elenco de sus capacidades, incluida la intelectual, hasta el máximo de sus posibilidades, a sabiendas de que en buena parte quedarán limitadas; y por otra, sabemos que con ello van a cobrar mayor conciencia y experiencia de sus propias limitaciones. La sociedad no siempre es consciente de que tal dilema existe, y que es preciso resolverlo equilibradamente y afinar nuestra sensibilidad y nuestras actuaciones antes de que explote en nuestras manos.
Todos somos conscientes –salvo insensatas excepciones, y así les va– de que estamos llenos de limitaciones y carencias. Pero afortunadamente sabemos desencadenar mecanismos de compensación y autodefensa que nos permiten llegar a un pacto con nosotros mismos para que la imagen que de nosotros tenemos nos ayude a sobrevivir razonablemente, e incluso a progresar. La confianza en nosotros, la buena imagen, la suficiente seguridad sobre nuestras capacidades son resortes necesarios para proyectarnos y ampliar nuestras aspiraciones. Eso supone ejercitar sutiles mecanismos de adaptación, tanto en el orden mental como en el ámbito de nuestras realizaciones.
¿Qué imagen de sí mismos van conformando los niños y jóvenes que, desde pequeños, se ven señalados, segregados, cuando no insultados por su discapacidad?
Cuando hablamos de la necesidad de educar para el éxito, ¿a qué éxito nos referimos? ¿Al brillo intelectual, al estar siempre en los primeros puestos, al acaparamiento y disfrute de todos los bienes materiales imaginables? ¿O al cobrar conciencia de nuestras reales capacidades, al aprender a adaptarnos a ellas y a disfrutar con ellas, sabiendo que no hay ser humano que no posea, al mismo tiempo, unas capacidades y unas limitaciones?
¿Es licito esforzarse en desarrollar la capacidad intelectual de unas personas, corriendo el riesgo de que así se hagan más conscientes de su discapacidad? Decididamente sí, siempre y cuando nuestra actuación sea integralmente humana; es decir, si les ayudamos a contemplarse de tal manera que lleguen a comprender las innumerables circunstancias de su vida en las que ellas son, al mismo tiempo, origen y destino de ilimitado disfrute.
Rosas y espinas crecen juntas, y no por miedo a que surjan las segundas dejamos de cultivar las primeras. No todas las rosas son iguales, ciertamente, y nuestra sociedad y las normas que de ella emanan en los ambientes educativos y en la vida ordinaria tratan con excesiva frecuencia de arrinconar e ignorar aquellas que no cumplen determinados cánones de una belleza preestablecida. Pero una rosa es una rosa, a la que hay que mirar y cuidar con tal mimo que se sienta feliz consigo misma; y que aunque un golpe de viento la zarandee y sienta en su pétalo el aguijón de su propia espina, recupere su alegría y despliegue la palestra rica y plena del color de sus entrañas.
Nuestra acción educativa –y nuestra actitud como ciudadanos– habrá de ir dirigida equilibradamente a que el desarrollo de la inteligencia signifique, no sólo saber más de uno mismo y del mundo que le rodea sino, sobre todo, valorarse más y utilizar mejor las propias capacidades y recursos, aprender a disfrutar de las cualidades y a aceptar las limitaciones propias de toda persona, y ser consciente de que quien se esfuerza en ofrecer y dar lo que tiene, termina por alcanzar la plenitud de su existencia. Estos mensajes suelen ser bien captados por las personas con discapacidad cuando son emitidos con sinceridad y convicción. Lo que sucede es que, para enseñar estos valores, uno debe tratar de poseerlos previamente y estar convencido de que son prioritarios. Es ahí donde, a veces, surgen las mayores dificultades, lo que quiere decir que el problema no es de ellos sino nuestro.




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Mil gracias.