Editorial Marzo 2017

El rastro que dejamos

Quién más, quién menos, todos deseamos causar buena impresión en nuestro entorno. Según sean las circunstancias, las exigencias, nuestra capacidad personal, nuestro temperamento, nuestro ambiente, intentamos circular por la vida en un tono que sea aceptable, bien visto y, si es posible, admirado. Sucede que el recorrido es largo, y con frecuencia tortuoso. Y de vez en cuando topamos con imprevistos que ―al menos a primera vista― nos parecen insalvables y nos obligan a tensar nuestro espíritu, a reducir la marcha y tomar decisiones. La vida es dura, cruel en ocasiones, y pone a prueba nuestro íntimo deseo de ofrecer una imagen personal, no tanto de felicidad como de excelencia.

En el fondo de cada uno, no nos basta con ser padre o madre, profesional o amigo: queremos ser buenos padres o madres, buenos profesionales, buenos amigos. En definitiva, queremos que nuestras vidas, abocadas inevitablemente a desaparecer, dejen rastro.

La llegada  y la presencia de una persona con especiales dificultades en nuestras vidas ―familiar, escolar, laboral, ciudadana― nos ofrecen la gran oportunidad de ejercitar la excelencia, de elevar unos grados más el listón de exigencia que nos hemos ido poniendo, a veces, de forma demasiado raquítica, rutinaria y cansina. Es el momento de parar, tomar aire, concentrar nuestras ideas e ilusiones, templar nuestras fuerzas, y empezar a destilar, poquito a poco, el precioso néctar de nuestra capacidad para dejar huella. Las grandes decisiones, que son las que van a marcar el rumbo ejemplar de nuestra nueva vida, no necesitan aspavientos. Son decisiones íntimas, bruñidas y forjadas en el fuego de nuestra voluntad y de nuestro conocimiento, puestas al servicio de nuestra más próxima y demandante humanidad.

La dignidad de nuestra vida ―una vez más, nuestro rastro― va a quedar ineludible e íntimamente asociada a la dignidad con que tratamos de dotar a esa persona con discapacidad. Ese trabajo diario, exigente pero paciente, esa disposición a mejorar nuestro conocimiento en favor del suyo, ese enfrentarnos delicada pero sólidamente a quienes prefieren mirar a otro lado y evitar exigencias, ese tender calladamente a la excelencia, serán los elementos que vayan construyendo poco a poco las palabras que conformen la imagen que dejen nuestras vidas: la que no podrá marchitar el tiempo.