Artículo: Lentitud y síndrome de Down. Elogio de la educación lenta y atenta

Lentitud y síndrome de Down. Elogio de la educación lenta y atenta

Emilio Ruiz Rodríguez
Director del Canal Down21 (www.down21.org)
Director de la Revista Síndrome de Down (https://downcantabria.com/recursos/revista/)
Asesor Psicopedagógico de la Fundación Síndrome de Down de Cantabria

 

INTRODUCCIÓN

Vivimos en un mundo que rinde pleitesía a la velocidad, en el que todo ha de realizarse con rapidez (Ruiz, 2011, 2016). Comemos apresuradamente en restaurantes que se nutren del principio de “engulle, traga y vete”. La comida rápida (fast food) es sólo una de las maneras en que se materializa el consumo acelerado que sustenta nuestra sociedad. Los coches son cada vez más veloces, aunque esa velocidad se cobre un precio desproporcionado en forma de víctimas mortales en las carreteras. En el trabajo, las tareas han de finalizarse con diligencia; y hacer muchas cosas en el menor tiempo posible es, según parece, la base de la eficacia. Paradójicamente, a menudo, realizar una tarea con lentitud produce resultados mucho más rápidos (“vísteme despacio, que tengo prisa” decían nuestras abuelas). Las vacaciones, a su vez, se planifican milimétricamente por medio de viajes estresantes, en los que el objetivo principal consiste en visitar el mayor número posible de lugares, aunque al regreso no recuerde uno dónde ha estado ni haya vivido ni un solo instante de sosiego o de verdadera alegría. Hasta en el campo de las emociones ha anidado una celeridad que anima a participar en una alocada carrera por conseguir un sinnúmero de relaciones sentimentales, convertidas automáticamente en superficiales.

Sin embargo, las cosas verdaderamente importantes de la vida requieren tiempo y se cocinan a fuego lento. La comida pausada, en familia, permite que los hijos conversen con sus padres y compartan ideas, valores y sentimientos. Un tranquilo paseo, sin prisas, tiene efectos balsámicos sobre el estado de ánimo, algo que difícilmente puede proporcionar la conducción vertiginosa en el tráfico endemoniado de la ciudad. El trabajo bien hecho necesita planificación y concentración, reposo en suma, si lo que se pretende es primar la calidad sobre la cantidad. La amistad se solidifica en la fragua del tiempo, por medio de frecuentes intercambios de afecto y confianza. Y todo lo relacionado con los sentimientos y el amor precisa de abundantes experiencias conjuntas para moldearse y consolidarse, y eso solamente se puede lograr a lo largo de amplios periodos de tiempo.

La educación es uno de los procesos esenciales de la vida que también está impregnado de esa obsesión actual por la velocidad. Sin embargo, educar es un proceso lento. Las prisas en la escuela frustran a muchos maestros y desmotivan a los alumnos que, en innumerables ocasiones, reciben un sinfín de conceptos que nunca llegan a asimilar. La idea de que el ritmo de la escuela es vertiginoso, acelerado y además impide un desarrollo personal equilibrado de los niños es, en la actualidad, objeto de preocupación de muchos educadores y padres.

El movimiento de la educación lenta anima a los educadores a reflexionar sobre la utilización del tiempo en las escuelas. En el ámbito de la educación caemos con frecuencia en dos excesos, la reflexión sin acción o verbalismo y la acción sin reflexión o activismo. Adentrarnos en la educación lenta supone superar ambas limitaciones, pues este movimiento, por un lado, se ha convertido en una referencia para una educación más reflexiva y centrada en el alumno, alentándonos para que nos paremos a estudiar cómo es nuestra escuela y cómo nos gustaría que fuera y, por otro, proporciona propuestas prácticas para llevar a la realidad una escuela más lenta, serena y sostenible. La educación lenta promueve escuelas respetuosas con los distintos ritmos, que fomentan el establecimiento de relaciones y la creación de ambientes de aprendizaje más positivos y profundos. 

LENTITUD Y SÍNDROME DE DOWN

Si nos centramos en el ámbito del síndrome de Down (SD), es habitual escuchar de boca de familiares y profesionales que conviven en estrecha relación con personas con SD que éstas “son muy lentas”. Y esa observación lleva en su interior el germen de una valoración negativa de esa lentitud, que se entiende como un defecto imperdonable.

Tareas cotidianas como vestirse o lavarse las llevan a cabo con lentitud, algo que desespera a los padres aguijoneados por las prisas del día a día, pero que bien pudiera ser una fuente de crecimiento para ellos si supieran leer el mensaje entre líneas. Jean Paul Sartre fue uno de los primeros en mostrar la estrecha relación existente entre la prisa y la violencia (Soler y Conangla, 2004). La persona apresurada lo quiere todo ahora mismo y, por eso, cuando encuentra un obstáculo entre ella y su objetivo, es decir, cuando siente la más mínima frustración, emplea la violencia como el modo más rápido de conseguir lo que desea. Con toda seguridad, un mundo más tranquilo y lento sería un mundo mucho más pacífico.

Tenemos mucho que aprender de las personas con síndrome de Down (Ruiz, 2011, 2016), y su lentitud innata es una de las mayores lecciones que pueden ofrecernos. A poco que pensemos, nos daremos cuenta de que las cosas verdaderamente importantes de la vida requieren tiempo y se cocinan a fuego lento (Tolle, 2001, 2009; Honoré, 2004, 2013). Comer lentamente y disfrutar de la comida, pasear sin prisas deteniéndose a observar las cosas hermosas que el mundo con generosidad nos brinda, realizar las tareas con tranquilidad y perseverancia, sorprenderse con lo cotidiano, regocijarse con cada instante de alegría y de ilusión que el día a día ofrece, mostrar espontáneamente un amor incondicional, pausado, a aquellos que queremos y que nos quieren, contentarse con lo que uno es y con lo que uno tiene, son habilidades que poseen las personas con síndrome de Down y que los demás deberíamos utilizar como modelo y referencia.

Si redujéramos nuestra frenética actividad y nos acostumbrásemos a manejar agendas menos apretadas seríamos todos un poco más felices. El secreto reside en aprender a sentirse cómodos con la lentitud en lugar de correr siempre detrás de un tiempo que percibimos que se nos escapa, en una carrera alocada que nunca nos satisface, quizás presionados por la premura de la muerte. Deberíamos de imitar la actitud de las personas con síndrome de Down en vez de intentar introducirlas en el mundo vertiginoso y desenfrenado en el que los demás estamos inmersos. Merece la pena pararse a contemplar y a deleitarse con el aroma de las flores. En resumen, ve despacio, no tengas prisa, al único sitio hacia el que vas es hacia ti mismo.

EDUCACIÓN LENTA. ORÍGENES Y DESARROLLO

En el año 2002, Maurice Holt publicó un artículo-manifiesto titulado “It’s Time to Start the Slow School Movement” (“Es hora de iniciar el movimiento de Escuelas Lentas”), lo que le convirtió en el principal impulsor de la denominada Slow Education en Europa. Dicho movimiento surgió a rebufo del movimiento de “comida lenta” (slow food), nacido como protesta y reacción contra la proliferación de restaurantes de comida rápida tipo McDonald’s. Holt exigía en su artículo (Holt, 2002) una reacción similar contra el enfoque actual de la educación, basado en la "hamburguesa", que enfatiza la uniformidad, la programación previsible y la mensurabilidad de los procesos y los resultados. Proponía desacelerar el ritmo educativo para personalizar el aprendizaje, respetar los ritmos individuales de los estudiantes y promover una enseñanza de mayor profundidad.

Algunos de los principios en los que se fundamentó la propuesta de Holt fueron la introducción de un ritmo más lento en los procesos de enseñanza, adaptados a los ritmos de aprendizaje de los alumnos; la personalización o ajuste a las características individuales; el fomento de la curiosidad y el gusto por pensar, más allá de la fría transmisión de conocimientos; y el respeto del proceso de aprendizaje natural del alumnado. Esta forma de entender la educación choca con el enfoque que se centra en la obtención de resultados medibles. Si ésta es la única medida de los objetivos, ¿dónde dejamos las experiencias educativas y aspectos como la creatividad, el pensamiento crítico, la motivación, la persistencia, el humor, la fiabilidad, el entusiasmo, el civismo, la autoconciencia, el autocontrol, la autodisciplina, la empatía, el liderazgo y la compasión? La escuela ha de ir más allá de la transmisión de conocimientos, hacia la formación de personas, de ciudadanos responsables y comprometidos.

Posteriormente, Carl Honoré, en su libro “Elogio de la lentitud” (Honoré, 2004), influye en la aparición y ampliación del movimiento lento en el mundo, resaltando la importancia de tomarse el tiempo necesario para hacer las cosas al ritmo apropiado. El Movimiento Slow, que partió de la propuesta de comer de forma pausada, a través del Slow Food (comida lenta), se extendió a campos tan variados como el urbanismo, con Ciudades Slow, que priorizan la calidad de vida y el bienestar de los ciudadanos; Slow Travel o propuestas de viajes conscientes, inmersivos y respetuosos con el entorno y hasta Slow Living, un estilo de vida que, a través de todos estos principios, busca una existencia más plena y significativa.

Honoré dedica uno de los capítulos de su libro a la educación de niños pausados, presentando algunos de los principios que se irán introduciendo en el movimiento de educación lenta, como que menos es más, que los niños aprenden mejor cuando lo hacen a un ritmo más lento, que en lugar de estar obsesionados con los exámenes deberíamos proporcionar a los niños la libertad de enamorarse del aprendizaje, o que es preciso más espacio para el juego desestructurado y menos horas ante la televisión.

Adentrándonos más aún en el mundo de la educación, Joan Domènech Francesch, maestro y director de escuela, publica su “Elogio de la educación lenta” (Domènech, 2009), donde defiende que la educación necesita un modelo de paciencia, tranquilidad y lentitud, ya que aprender es un proceso que tiene su propio recorrido natural. La lentitud tiene más sentido si cabe hoy en día, cuando conceptos como educación permanente, a lo largo de la vida, y aprender a aprender forman parte indisoluble de nuestra sociedad. La escuela de la lentitud es una escuela que da importancia a los aprendizajes hechos en profundidad y representa un modelo opuesto a la escuela centrada en pruebas y exámenes. Afirma que hacer un buen proceso educativo es un antídoto contra la desigualdad, la violencia, la sumisión y la alienación, y que es necesaria una educación que tenga en cuenta los elementos más débiles del sistema, prestando atención a los ritmos individuales y colectivos de los aprendizajes. La educación lenta respeta los ritmos de la infancia y garantiza un crecimiento armónico y equilibrado, que tiene en cuenta razón y emoción, mente y espíritu. El libro, capítulo a capítulo, va desgranando diferentes reflexiones sobre el tiempo y la forma más razonable de organizarlo y gestionarlo en el ámbito de la escuela. Presenta, además, los 15 principios de la educación lenta, que resumimos y adaptamos posteriormente en este mismo artículo.

Gianfranco Zavalloni, por su parte, nos habla de la pedagogía del caracol (Zavalloni, 2011), utilizando la metáfora de este pequeño animal que, enfundado en su casa andante, recorre largos espacios, dejando una brillante estela a su paso y mostrándonos la importancia del camino, del recorrido. Nos habla de la importancia pedagógica de “perder tiempo” para acoger y conocer al alumnado, que es siempre “ganar tiempo” para transformar el aprendizaje. Anima a “perder tiempo” para escuchar, para conversar, para respetar a todo el mundo, para jugar, para caminar, para crecer. En el caso del alumnado con discapacidad distingue entre el “tiempo hombre”, en el que la persona puede vivir sin limitaciones, pues no existen en él las barreras, ya que es el tiempo del recuerdo, del sueño, de la esperanza; y el “tiempo horas”, en el que no hay lugar para el niño con discapacidad, ya que es el tiempo de la prisa, de la competición, de quien tiene que llegar a su meta. Nos muestra que las personas con discapacidad, simbolizadas por medio de la tortuga, tienen como función hacer recuperar a la colectividad la lógica de la lentitud. Reivindica la capacidad perdida de saber esperar, el encuentro con los tiempos naturales y la necesidad de adoptar estrategias didácticas de ralentización, por una escuela lenta y no violenta.

Robinson y Aronica (2016), hablando de los tiempos y los horarios en la escuela, distribuidos por disciplinas, califican de exasperante el horario convencional que obliga a tener que dejar una actividad antes de terminarla. Presenta las Escuelas Creativas, en las que se propone un horario más flexible y personalizado para favorecer el plan de estudios dinámico que los alumnos necesitan en la actualidad.

Jaume Carbonell (2016) incluye en su libro sobre las “Pedagogías del S. XXI”, que presenta como alternativas para la innovación educativa, un capítulo dedicado a la pedagogía lenta, serena y sostenible. Tras explicar la diferencia entre “Cronos”, el reloj que planifica, mide y limita el tiempo para realizar cualquier actividad y “Kairós”, el tiempo que se requiere para cualquier acontecimiento, se adentra en la construcción social del tiempo. Más tarde enlaza con la educación lenta llevando a cabo una revisión histórica del movimiento, desde Montaigne o Rousseau, pasando por el movimiento de la Escuela Nueva o la Institución Libre de Enseñanza, hasta llegar al movimiento slow aplicado al mundo de la educación. Reflexiona sobre cómo el tiempo libre se ha convertido en tiempo esclavo, ya que tener tiempo se acaba por convertir en no tenerlo. Incluye, en último término, a las escuelas lentas, que él prefiere denominar serenas, como uno de los baluartes de las nuevas pedagogías para el siglo XXI.

Díaz Tenza (2017), a su vez, nos habla de la rigurosa geometría de la escuela, que fabrica niños reproductores, en lugar de niños pensantes. En esta nuestra escuela actual, el temario impera, el curso avanza y la guía del profesor manda, de forma que el conocimiento se ofrece encapsulado, lo que dificulta su digestión. Se pregunta si es posible otra educación, en la que los nuevos brotes no sean podados de raíz por la cerrazón del currículum, sino que se cuiden hasta verlos convertirse en tallos y, más tarde, en ramas frondosas que permitan a los niños desplegar todo su universo de imaginación y fantasía.

En resumen, esta corriente pedagógica nos anima a repensar la educación, a reflexionar sobre la obsesiva preocupación que sobrevuela constantemente la administración y los centros educativos sobre las programaciones, los contenidos, la evaluación y el cumplimiento de plazos cerrados para cada uno de esos procesos. Se van introduciendo algunos cambios, que reflejarían resquicios de apertura hacia la educación lenta, como las competencias, la flexibilidad o la autonomía, pero a fin de cuentas lo que se requiere es un cambio de actitud.

MINDFULNESS Y EDUCACIÓN LENTA

“Mindfulness significa estar atento de una forma particular: con intención, en el momento presente, y sin juzgar”. Jon Kabat-Zinn (2016)

Mindfulness es la palabra inglesa que se refiere tanto a un constructo teórico, a una práctica de meditación y a un proceso psicológico, que supone estar consciente (mindful). La traducción más habitual al español es atención plena o conciencia plena y se relaciona con la capacidad humana universal de ser conscientes de los contenidos de la mente momento a momento o de ser conscientes de la experiencia presente con aceptación (Simón, 2013). La meditación Mindfulness pretende calmar la mente para ver con claridad, buscando superar el estado permanente de agitación o de continuo diálogo interno en la que se ha dado en llamar mente mono o mente errante, en el que solemos estar inmersos.

La práctica del Mindfulness se puede llevar a cabo de manera formal o informal. La meditación formal se hace de manera regular, con una postura específica y reservando un tiempo diario para realizar esa actividad; la meditación informal consiste en ir introduciendo momentos de atención plena en la vida cotidiana (Simón, 2013; Williams y Penman, 2014). La meditación mindfulness, tal y como es entendida en occidente, consiste en tres habilidades o procesos mentales principales, la conciencia focalizada en un solo punto o concentración; la conciencia de campo abierto o mindfulness y la bondad amorosa o compasión (la bondad amorosa sería el deseo de que los demás sean felices y la compasión el encuentro del amor con el sufrimiento ajeno). La instrucción fundamental es “aparezca lo que aparezca en tu mente, obsérvalo” y posibles objetos de observación son cualquier información procedente de los cinco sentidos (vista, oído, tacto, olfato y gusto); las señales procedentes del interior del cuerpo, del mundo físico interno; la actividad mental, en forma de emociones y pensamientos, y la actividad relacional o nuestra capacidad de resonar o vibrar emocionalmente con otras personas.

El número de publicaciones científicas relacionadas con el Mindfulness se ha multiplicado de manera exponencial en los últimos años, extendiéndose a campos de investigación como la salud, el mundo empresarial, el ocio y el deporte y, cómo no, al ámbito de la educación. La práctica regular del mindfulness ha mostrado efectos beneficiosos en el tratamiento de trastornos de estrés y ansiedad o depresión, entre otros, y mejoras significativas para la salud, en aspectos como el aumento de la memoria, mejora del sueño, aumento de la concentración y desarrollo de la inteligencia emocional, con incremento de la autoconciencia, fomento de la resiliencia y mejora de la comprensión y gestión de las emociones propias y ajenas o empatía. 

En el terreno de la educación cada vez hay más centros educativos y docentes que introducen el mindfulness habitualmente en su práctica cotidiana, con propuestas prácticas para llevar al aula, lo que les permite comprobar, de manera experimental, los beneficios que produce tanto en el alumnado como en el propio profesorado. El mindfulness proporciona una forma práctica de llevar a la realidad de las clases la propuesta de la educación lenta, en la que maestros y estudiantes se benefician de un enfoque de actuación más tranquilo, centrado y atento en el ámbito escolar.

A continuación, y a modo de ejemplo, presentamos algunas propuestas prácticas para llevar al aula la práctica del mindfulness (Schoeberlein, 2011; Snel, 2013; Comas, 2016; Kaiser, 2016). Es recomendable que la duración máxima de las prácticas sea de 1 minuto por cada año de edad del niño:

  • Incorporar mini-pausas de atención plena en tu clase: al empezar, antes de un examen o al volver del recreo, por ejemplo.
  • En el transcurso de una clase animada, pedir treinta segundos de silencio, durante los cuales los alumnos dejarán de leer, dejarán los bolígrafos y se limitarán a darle un descanso al cerebro. Después, seguir con la lección.
  • Conciencia de las transiciones. Hacer una PAUSA y observar el cuerpo y la mente, las sensaciones corporales y los pensamientos. Posibles transiciones: antes de entrar al colegio, antes de salir, al ir de una clase a otra, al bajar o subir del recreo, al entrar o salir de casa, al separarse de otros miembros de la familia.
  • Hacer las cosas más despacio. Durante un periodo de tiempo, en casa o en la clase, realizar algún tipo de tarea a cámara lenta, mucho más despacio de lo habitual.
  • Realizar ejercicios de atención a la respiración. Fijarse en las sensaciones al inspirar y al espirar. No cambiar el ritmo, solo observar. “¿Dónde sientes la respiración con más claridad, bajo la nariz, en el pecho o en el ombligo?”. Prestar atención a esa zona durante unas cuantas respiraciones. Puede ayudar pronunciar "dentro" cuando inspiras y "fuera" cuando espiras.
  • Recorrido corporal de la mariposa. Imaginar que una bella mariposa tan ligera como una pluma y del color que desees va a posarse en distintas partes del cuerpo y, al hacerlo, la zona se siente relajada. Empezamos por la frente, la cara, los hombros, etc. Recorrer el cuerpo entero muy lentamente.
  • Atención a los sonidos. Parar la clase, cerrar los ojos y observar los sonidos que nos rodean. Se pueden buscar grabaciones de sonidos en Internet: latido de un corazón, sonido de la lluvia, canto de los pájaros o de los grillos, sonido del mar o de una selva tropical.
  • Hacer sonar un minuto de música, que sea tranquila, o que favorezca el enfoque, o que sea inspiradora, y dedicar un momento simplemente a escuchar.
  • Comer una mandarina (una manzana, un plátano, una fresa, un fruto seco, una uva pasa, una chuchería) con atención plena, a cámara lenta, como si fuera la primera vez que la comes. Al principio, tocarla, oírla, olerla, con los ojos cerrados. Después mirarla detenidamente y pelarla y comerla muy despacio, saboreando cada trozo.
  • Despacio, despacio. (“Me muevo como un perezoso”). Mover despacio diversas partes del cuerpo.
  • Caminar conscientemente. Tomar conciencia de la postura del cuerpo, del contacto de los pies con el suelo, de la propia respiración mientras caminamos, del movimiento, del equilibrio. Caminar a ritmo suave, casi a cámara lenta. Variantes: caminar por una línea o caminar con los ojos cerrados, con un compañero que hace de guía y cuidador.
  • Escuchar con el corazón. Escucha consciente. Un alumno le cuenta a otro algo que le parece importante durante 3 minutos. El otro escucha con atención plena, sin decir nada.
  • La pequeña tortuga. Cuando está enfadada, o siente rabia, o siente miedo, y ve que no puede controlarse, se mete en su caparazón. Ahí dentro hace 3 cosas: se dice a sí misma “PÁRATE”, luego hace una respiración profunda y tercero, se explica a sí misma cuál es el problema que la hace enfadar (Ruiz, 2016).
  • Crear un rincón de paz, un espacio de la calma en casa o en la escuela. En ese espacio el niño puede familiarizarse con sus emociones y manejarlas. Disponerlo de forma que sea un lugar agradable y apacible: con cojines, algunos muñecos, música relajante, algún cuento sobre emociones y, eventualmente, alguna fruta o bebida. Explicar a los niños que es un espacio seguro para ellos, donde pueden ir cuando quieran y pasar el tiempo que necesiten hasta calmarse.
  • Bote de la calma. Lo agitamos y no se ve al otro lado. Lo dejamos reposar y se puede ver. Nuestra mente agitada no puede ver con claridad. Mueve el bote según cómo esté tu mente en este momento. Dejamos que se calme y se pose la brillantina (los pensamientos).

Estas y muchas otras actividades semejantes pueden ser aplicadas en el aula por parte de los docentes sin variar en exceso su rutina cotidiana, y pueden ser realizadas por todo tipo de alumnos, incluidos los que tienen síndrome de Down.

LOS 15 PRINCIPIOS DE LA EDUCACIÓN LENTA

Domènech (2009) nos presenta los 15 principios de la educación lenta que intentan ser una aproximación a la educación desde su acepción más global, más allá del mundo escolar y que, adaptados al alumnado con SD, se podrían resumir de la siguiente forma:

  1. La educación es una actividad lenta.

La educación que se hace en profundidad, la que transforma el conocimiento en sabiduría, ha de ser necesariamente una actividad lenta. Una información puede ser rápidamente memorizada, pero para que pueda transformarse en conocimiento requiere superar estadios y precisa tiempo. La lectura, por ejemplo, es una actividad lenta, más en el caso de los niños con síndrome de Down, que necesitan años para consolidar ese proceso. La educación lenta respeta los diferentes ritmos y se basa en la flexibilidad.

  1. Las actividades educativas han de definir su tiempo y no al revés.

Las administraciones educativas se basan en un modelo en el que el horario es el que define los contenidos de los aprendizajes que han de desarrollarse, repartiéndolos en materias o asignaturas. Como en la sociedad actual, el tiempo marca el desarrollo de las actividades, determinando cuándo han de comenzar y terminar. Sin embargo, para hacer aprendizajes que sean respetuosos con su ritmo real, han de ser las actividades las que definan el tiempo que necesitan y no al revés. Cada actividad requiere su propio tiempo, que es difícil de trocear en periodos lectivos cerrados. Hay ejemplos prácticos de cómo organizar los tiempos para amoldarse a las actividades, como en el caso de la educación infantil, con franjas grandes y flexibles, o el tiempo de las vacaciones o del juego libre, en donde se da la subordinación natural del tiempo a la actividad. Los niños con síndrome de Down, por su parte, necesitan un tiempo para completar sus actividades que no siempre se corresponde con el que emplean sus compañeros.

  1. En educación, menos es más.

El currículo oficial tiene un hipotético y falaz mágico poder: contiene todo lo que hay que aprender. La aceleración de los aprendizajes lleva a la sobrecarga de contenidos que, en teoría, podrían aumentarse de forma indefinida. La realidad es que dicha sobrecarga de objetivos y contenidos no produce mejores aprendizajes, de la misma forma que tener mucha información no quiere decir estar mejor informado. Es habitual que los niños con síndrome de Down (todos los niños, de hecho) tengan agendas repletas, con horarios llenos de sesiones de apoyo y terapias, actividades extraescolares y complementarias. Sin embargo, tanto en el colegio como en la familia, lo esencial es la calidad no la cantidad de horas dedicadas al aprendizaje o, dicho con otras palabras, el tiempo de calidad. 

  1. La educación es un proceso cualitativo.

La educación, del mismo modo que la vida, debe plantearse desde la calidad. La visión cuantitativa nos lleva a ampliar en la escuela la cantidad de recursos, de horas, de materiales, de personal. Se cuantifican los conocimientos, los resultados y hasta se mide la inteligencia en base a coeficientes que determinan los recursos que se han de proporcionar. Sin embargo, memorizar no significa aprender, ni aprender para un examen significa saber. En realidad, lo esencial en el tratamiento del tiempo en la educación no es su duración, ni su estructuración, sino lo que se hace en él, su “calidad”. La cantidad de vivencias educativas es inversamente proporcional al número de estímulos que percibes y puedes asimilar. Cuando hay muchos estímulos, tenemos dos alternativas, la cultura vacía del zapping o la selección, pero en toda selección se pierde algo en el camino. Es preciso elegir: estímulos o profundidad.

  1. El tiempo educativo es global e interrelacionado.

Es preciso superar la división entre educación formal, no formal e informal, ya que todos los espacios y momentos educativos forman parte del mismo proceso de aprendizaje. Se aprende en casa y se aprende en la calle, se aprende en el aula y se aprende con los amigos, todos los momentos son potenciales momentos de aprendizaje. La certeza de que la educación durará toda la vida refuerza la idea de globalidad de los tiempos educativos. La educación no acaba entre las cuatro paredes de la escuela, de ahí la necesidad de establecer un diálogo permanente entre el ámbito familiar y el escolar, para desarrollar actuaciones educativas complementarias y no contradictorias (Ruiz, 2008).

  1. La construcción de un proceso educativo debe ser sostenible.

La sostenibilidad implica la continuidad de los proyectos y, por tanto, asegura su viabilidad y perdurabilidad. Hay quien vive en pasado como un pretexto para no asumir cambios y mejoras, en un permanente “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Este planteamiento suele llevar a tomar acuerdos válidos en otro tiempo, pero que no responden al contexto actual. En el otro extremo, hay quien considera el pasado como un tiempo que hay que desterrar, viviendo en un continuo hacer y deshacer de medidas innovadoras, en una hiperactividad educativa que no se sabe bien adonde lleva. Entender la educación en profundidad es considerar el pasado como fuente de experiencia, planteando los cambios en base a un conocimiento profundo de la realidad que se quiere mejorar. El futuro es importante también, por lo que hay que sopesar las decisiones que se toman en la actualidad pues tendrán muchas consecuencias. El proceso de inclusión educativa del alumnado con síndrome de Down se han de llevar a cabo con esa perspectiva sostenible, basada en aprender del pasado y pensar en el futuro. A fin de cuentas, la educación sostenible representa una opción ética, en la que se busca un aprendizaje profundo y duradero, se establece un compromiso a alcanzar y se centra en el cuidado hacia otros y entre todos. (Hargreaves y Fink, 2008).

  1. Cada niño y cada persona necesita su tiempo para el aprendizaje.

Es evidente que ningún alumno alcanza sus aprendizajes de la misma manera, aunque vivimos una época de aceleración de los ritmos de aprendizaje que no tiene en cuenta la diversidad del alumnado. Se cree también que para una determinada edad los aprendizajes básicos que se han de alcanzar son los mismos. Se exige a todos los niños que aprendan lo mismo en el mismo tiempo y con el mismo ritmo. La atención a la diversidad en educación supone respetar el ritmo de aprendizaje que tiene cada persona. No implica necesariamente una ralentización del proceso, ni de los resultados, sino dejar que cada individuo crezca según sus posibilidades. Eso supone pensar en currículos flexibles e integrados con diferentes recorridos para determinados estudiantes; no imponer un ritmo común, artificial y acelerado; partir del alumno a la hora de planificar las actividades y situarlo como sujeto de su propio aprendizaje. Supone también emplear nuevas metodologías más participativas y que no siempre se basen en el libro de texto.

  1. Cada aprendizaje debe realizarse en su momento.

En educación antes no siempre es mejor. Por el contrario, hay que respetar el tiempo adecuado en que debe llevarse a cabo cada aprendizaje. Este principio enlaza con el anterior, que nos anima a tener en cuenta el ritmo de aprendizaje de cada persona. Buscar ese tiempo implica que cada aprendizaje requiere un tiempo concreto, que suele ser mayor del que le solemos otorgar. Pero también implica que cada aprendizaje se debe hacer en su tiempo, no antes. Los padres de los niños con síndrome de Down en ocasiones se obsesionan, queriendo que sus hijos se sienten, anden, hablen o lean antes de estar preparados, muchas veces llevados por las comparaciones con otros niños. El aprendizaje de la lectura es recomendable que comience de forma temprana en su caso, pero requerirá de un tiempo que hemos de concederles. Tenemos también el ejemplo de los niños sobreestimulados, repletos de actividades y terapias, lo que no es positivo, pues acaban agotados. Dar tiempo a los niños significa saber esperarles allí donde se encuentran en su forma única y personal de aprender.

  1. Para conseguir aprovechar mejor el tiempo, hay que priorizar y definir las finalidades de la educación.

El tiempo es una variable limitada, por lo que es preciso escoger y priorizar. Dedicar tiempo para una actividad supone tener que quitárselo a otras. Al fin y al cabo, el problema no es la falta de tiempo, sino el uso que hacemos de él. La gestión del tiempo requiere de una planificación de las tareas a realizar, lo que incluye en la escuela, tanto los periodos formales como los no formales. Se ha de abrir el debate en los centros educativos sobre el por qué y el para qué hay que educar, lo que implica un planteamiento moral. Eso nos ayudará a establecer prioridades, lo que, a su vez, constituye una vacuna contra la frase: “No tenemos tiempo”. Priorizar implica analizar lo que es esencial y tener en cuenta los procesos y no tanto los resultados o, lo que es lo mismo, la calidad antes que la cantidad, poniendo en primer plano lo importante por encima de lo urgente. Nos encontramos en ocasiones con listas interminables de objetivos y contenidos que hay que alcanzar, con sobrecarga de conocimientos, que no siempre resultan útiles. En el caso de los niños con síndrome de Down es especialmente importante realizar esa selección de objetivos, buscando siempre los que les resulten funcionales para su vida real, pues ellos van a necesitar más tiempo que los demás para alcanzar lo que otros consiguen muchas veces sin conciencia ni esfuerzo (Ruiz, 2009, 2012).

  1. La educación necesita tiempo sin tiempo.

Para consolidar los aprendizajes es imprescindible introducir tiempos y espacios muertos, vacíos de presión y de contenidos. El proceso educativo necesita pausas para recuperarse, por lo que hay que evitar los horarios completamente llenos. Es preciso reservar un tiempo para reflexionar, así como un tiempo en el que la actividad se detenga, dedicado a la meditación y a la contemplación, para divagar e incluso no pensar. Es fundamental dedicar espacios para no hacer nada, para ser nosotros mismos. En los momentos de juego, los niños, absorbidos por esa actividad, dejan que su mente fluya libre. Jugar es “perder el tiempo” porque la esencia del juego es hacer algo sin ningún objetivo concreto, jugar por jugar. Pero precisamente en este punto se encuentra su valor para experimentar, probarse y conocer los propios límites. La observación, sin ninguna actividad paralela, es también una actividad sumamente productiva. Así como el tiempo de recreo, que permite reposar la mente y activar el cuerpo. Es imprescindible que los niños cuenten con tiempo libre, organizado por ellos mismos, de acuerdo con sus necesidades o sus deseos. Volvemos la vista de nuevo a las agendas repletas de algunos niños con SD, en las que carecen de tiempos para descansar, y que los llevan con frecuencia al agotamiento físico y mental.

  1. Hay que devolver tiempo a la infancia.

Es preciso liberar tiempo de la infancia, ocupada con un sinfín de actividades, en muchos casos pensadas para satisfacer deseos de los padres o mantener a los niños entretenidos. La infancia tiene su propia manera de ser, pensar y sentir, que no puede ser sustituida por la voluntad competitiva de los adultos. La educación lenta propone devolver su tiempo a los niños, para que una parte sea gestionada por ellos mismos. Si los adultos planifican en exceso el tiempo de los niños, les limitan su capacidad de organizarse y de aprender a gestionar su propio tiempo. Eso no implica darles libertad absoluta, pues entonces probablemente la dedicarán a ver la televisión o a jugar con el móvil o el ordenador. Se trata de dejar espacios para distraerse, pasear, estar con los amigos, jugar, aburrirse o no hacer nada. Los niños aprenden a través del juego y actualmente disponen de poco tiempo para jugar. El tiempo de los niños ha de estar centrado en el juego, no en el trabajo.

  1. Debemos repensar el tiempo de las relaciones entre adultos y niños.

Estamos viviendo grandes cambios en los modelos familiares y en las relaciones entre padres e hijos. Uno de los más importantes es que se ha pasado de unas relaciones verticales, basadas en el principio de autoridad, a otras horizontales, sin límites claros, en las que algunos padres pasan a ser “amigos” o “compañeros” de sus hijos. De manera paralela, en el ámbito educativo, tradicionalmente la escuela se encargaba de la función instructora y la familia de la socialización. Esa diferenciación también se está difuminando. Es preciso replantear el tiempo de relación entre el mundo adulto y el de la infancia. Han cambiado las actividades que hacemos con los más pequeños, por ejemplo, con una oferta ingente de propuestas educativas no formales, que quitan tiempo en la familia a la relación adulto-niño. En la escuela, el número de profesionales que atienden al niño con síndrome de Down, de aula y especializados, ha crecido tanto, que apenas quedan espacios para el contacto personal, uno a uno, con los alumnos. Se ha de aumentar de manera progresiva el tiempo que los tutores dedican a los estudiantes en los centros educativos, al tiempo que, en casa, las relaciones entre adultos y niños han de ser vividas con el tiempo suficiente y con un ritmo respetuoso, acorde con las circunstancias de cada entorno familiar. Es preciso encontrar momentos para interesarse por la vida personal de nuestros hijos y alumnos, para hablar, preguntar y crear confianza.

  1. El tiempo de los educadores debe redefinirse.

El tiempo de la escuela no es un bien individual de los docentes, sino que ha de formar parte de la cultura del centro, caminando hacia un enfoque que priorice el trabajo en equipo. En un proyecto colectivo, no tiene sentido un trabajo individualizado de aulas convertidas en islas. En los centros educativos siempre falta tiempo, en parte debido a que los maestros están también contagiados de la velocidad social imperante. El profesorado tiene que replantearse su tiempo, tanto lectivo como de reuniones y de gestión. Es tan importante reservar tiempo para coordinarse, trabajar en equipo, intercambiar ideas y propuestas, y reflexionar sobre la propia práctica, como el dedicado al alumnado en el aula. Un objetivo claro es desacelerar la actividad de algunos docentes, pues los cambios de calado necesitan tiempo. Una de las claves del movimiento hacia la educación lenta es la paciencia, que deberían ejercitar, tanto los padres como los docentes. También sería preciso contemplar periodos de tiempo no programado ni organizado en los centros, para que los docentes dispongan de momentos para planificar e improvisar. Por último, el tiempo de los profesores no debe estar totalmente dominado por la escuela; su tiempo personal no debe entrar en contradicción con su tiempo profesional. Los docentes deben tener tiempo para soñar una mejor educación.

  1. La escuela ha de educar el tiempo.

Educar el tiempo es una finalidad prioritaria de la educación formal y ha de ser incluida como un importante aspecto del currículo. Desde este enfoque de educación lenta y serena, las escuelas deben educar para la pausa y, simultáneamente, enseñar al alumnado a gestionar su tiempo con instrumentos como la agenda escolar, los horarios claros (con pictogramas, incluso, para el alumnado con SD), el tiempo para realizar actividades concretas (flexible y adaptado a los ritmos de los distintos alumnos) o el dedicado a las tareas para casa, que ha de limitarse al máximo. El objetivo final debería de ser que los estudiantes dispongan de herramientas reales para gestionar su propio tiempo, de manera eficaz y agradable. Educar al alumnado para que organice su tiempo de forma mucho más respetuosa con su propia persona, dejando espacios para la reflexión, para la consolidación de lo aprendido y, por qué no, para la equivocación y la búsqueda de nuevos caminos. Se trata de transmitir una concepción diferente del tiempo, que puede ser reforzada desde la familia e interiorizada por el alumno para que pueda aplicarla en su vida real y para siempre.

  1. La educación lenta forma parte de la renovación pedagógica.

La reflexión sobre la gestión del tiempo lleva a las comunidades educativas hacia la innovación y la mejora profunda de los aprendizajes (Carbonell, 2016). Es preciso introducir una buena dosis de actitud crítica frente a algunos requerimientos actuales de la administración y frente a las presiones de ciertos sectores de la sociedad. La aceleración global que sufre la educación (reflejo de la aceleración social) lleva a propuestas que difícilmente pueden ser asumidas por los sistemas educativos. Si nos adentramos en una educación lenta, conseguiremos aprendizajes más sólidos y duraderos. Desacelerar mejora la educación. La renovación pedagógica, en tanto que comunidad crítica de la educación, ha de impregnarse del movimiento de las escuelas lentas. 

  • Decálogo de UNA educación lenta y atenta para la familia

Tomando ideas de los diferentes autores consultados para escribir este artículo (Tolle, 2001, 2009; Honoré, 2004, 2013; Trechera, 2007; Domènech, 2009; Zavalloni, 2011; Carbonell, 2016), podemos establecer un sencillo decálogo para llevar la educación lenta al entorno familiar. Evidentemente, no todas las propuestas puedan ser llevadas al hogar de manera inmediata, pero ir introduciéndolas una a una, de manera paulatina, tranquila, pausada y sosegada, sin duda producirá frutos sólidos y duraderos.

  1. Respetar el ritmo de desarrollo y de aprendizaje de cada niño. Aceptar la individualidad. Cada niño crece y aprende a diferente velocidad, más aún en el caso de los que tienen SD. Se ha de permitir al niño avance a su propio ritmo, como un jardinero que no espera que la flor que cultiva crezca tirando de ella, sino que le proporciona tierra, agua, luz y abono, acompañándola en su crecimiento, y dejándola que llegue a ser, a su tiempo, lo que en potencia puede llegar a ser.
  2. Dar ejemplo de la utilización pausada del tiempo. Los padres son modelos y los niños con SD aprenden con facilidad por observación. Reservar espacios en la vida familiar diaria para la conversación, para estar juntos, para hacer actividades compartidas, con los hijos y con la pareja. Tener momentos para poder hablar, explicar vivencias, anécdotas, experiencias del día a día. Acostumbrarnos al diálogo y a la escucha.
  3. Fomentar la conexión emocional. Crear relaciones significativas, compartir momentos, conocimientos y experiencias, colaborar con los otros y valorar la diversidad de perspectivas. Escuchar las necesidades del niño con SD, de los hermanos y de todos los miembros de la familia. Reconocer los esfuerzos del niño y celebrar sus logros, incluso los pequeños, para aumentar su autoestima y su confianza en sí mismo.
  4. Valorar el silencio y la contemplación. Incorporar momentos de quietud y reflexión para fomentar la concentración, la creatividad y la conexión con la naturaleza. Proporcionar tiempo de espera. Dar tiempo al niño con SD para que pueda pensar y procesar la información antes de responder. Introducir en la vida cotidiana espacios de atención plena.
  5. Dejar espacios de tiempo para el juego y para el aburrimiento. El tiempo sin nada que hacer, en blanco, sin agenda, es un tiempo rico que permite la asimilación y la consolidación de lo aprendido. Aburrirse por momentos es una forma excelente de despertar la imaginación y dar espacio a la búsqueda de alternativas de entretenimiento. El juego, por su parte, como actividad libre y sin normas, permite al niño probarse, equivocarse y conocer los propios límites. En este sentido, es importante limitar la cantidad de juegos que los niños tienen en casa, eligiendo y priorizando los más sencillos y que le permitan participar activamente.
  6. Limitar el tiempo de los deberes y de las tareas escolares para casa. Enlazando con el principio anterior, no podemos llenar a los niños con SD de tareas escolares que no les dejan momentos para el descanso y la recuperación de energías. Recalcamos, por enésima vez, los inconvenientes de la sobreestimulación.
  7. Reducir el número de las actividades extraescolares y de las terapias. Hemos de insistir: menos es más. La hiperestimulación del niño con síndrome de Down es tan peligrosa (o más en algunos sentidos) que la falta de estimulación, pues lo agota y lo sume en la ansiedad y el estrés. No es necesario que se convierta en el mejor niño con SD del mundo.
  8. Controlar el número de horas que pasa ante las pantallas, móvil, ordenador, tablet y televisión, entre otras. Las pantallas absorben el tiempo, lo devoran, proporcionando momentos de consumo vacío de entretenimientos. Es imprescindible limitar el tiempo que los niños con SD (y sus hermanos) dedican al móvil o a la televisión, entre otras razones porque les roban tiempo que podrían dedicar a tareas más creativas y enriquecedoras.
  9. No olvidar nunca que la risa es el mejor indicador de calidad (Ruiz, 2010, 2014, 2016). El humor será siempre un remedio útil para afrontar con más facilidad los retos que la vida diaria va presentando. Es recomendable que el ambiente general que rodea a las personas con SD esté impregnado de optimismo, lo que favorecerá la creación de actitudes positivas y planteamientos constructivos ante la vida.
  10. Aprender de las personas con síndrome de Down. Las personas con síndrome de Down nos transmiten, con su presencia, un conjunto de valores de los que no estamos sobrados en la sociedad actual, la mayor parte de los cuales enlazan a la perfección con el modelo de la educación lenta. Son ejemplos vivos de valores como la aceptación, el amor desinteresado, la empatía, la lentitud, la paciencia, la constancia, la colaboración o la gratitud, por lo que tenemos mucho que aprender de ellas (Ruiz, 2011).

CONCLUSIÓN

En esencia, la educación lenta busca crear un entorno educativo donde el crecimiento personal y el desarrollo integral sean prioritarios, más allá de la mera acumulación de conocimientos. Con propuestas como la de saber priorizar, estableciendo una jerarquía de valores, saborear el presente, aprender a perder el tiempo para ganar calidad de vida, acostumbrarse a simplificar, soltando lastre, o saber vivir, cultivando el optimismo y el sentido del humor, el modelo de la educación lenta nos anima a cambiar el reloj por la brújula, teniendo un norte claro en nuestra vida, y recordándonos constantemente que la calma es oro (Trechera, 2007).

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