TERAPIA ASISTIDA POR ANIMALES: CONSTRUYENDO EXPERIENCIAS

Jennifer M. Puglisevich da Silva
Psicóloga y Terapeuta Ocupacional, Universidad de Chile
Animal Trainer Bocalan Confiar
Especialista y Técnico en Intervenciones Asistidas por Animales, CTAC. Barcelona
Fundadora del Centro Pitanga

“Los motivos por los que se puede querer tanto a un animal con tanta intensidad; es porque se trata de un afecto sin ambivalencia, de la simplicidad de una vida liberada de los insoportables conflictos de la cultura”.
— Sigmund Freud

 

En la actualidad, ya se puede hablar mucho en términos conceptuales sobre este tema tan atractivo para la mayoría de los amantes de los animales, en compara­ción a lo que sucedía hasta no hace muchos años atrás. Un asunto tan llamativo que encanta (e intriga), sobre todo a aquellas personas que, no familiarizadas con el tema, se enteran por la prensa o se topan casualmente con algún video viral en redes sociales sobre perros que trabajan para el bienestar de personas.

La impresión es de algo casi mágico, pues es allí donde encontramos la con­junción más perfecta de la relación humano-animal, donde la convivencia con ellos traspasa los límites de lo doméstico y trasciende a la esfera de lo biop­sicosocial, materializado en intervenciones clínicas dirigidas e investigaciones científicas que tienen lugar en diversos contextos -antes impensados-, como hospitales públicos y privados, centros de rehabilitación, incluso dentro de aulas escolares, empresas, universidades, así como en tribunales de justicia en apoyo a niños víctimas de vulneración de derechos durante declaraciones en juicios o en terapias de reparación.

La intervención asistida con perros (IAP) es una modalidad de abordaje tera­péutico que paulatinamente se ha ido abriendo espacio y legitimándose como una herramienta válida de apoyo en procesos de tratamiento y re­habilitación tanto en el ámbito de la salud física y mental, así como en el área educativa y en intervenciones de tipo psicosocial. En ella, los perros participan como actores más de los procesos, cuya presencia e interacción facilita la consecución de diversos tipos de objetivos.

Algo que personalmente siempre me gusta destacar y recalcar a mis alumnos o a los asistentes a cualquier instancia formativa en la cual que me haya tocado presentar, es que no estamos en presencia de una tera­pia alternativa. Siempre que se realiza una sesión de terapia asistida por animales (TAA), ésta estará enmarcada dentro de un setting terapéutico específico de alguna especialidad, como los es, por ejemplo, el caso de la terapia ocupacional, la fonoaudiología, la psicología o la kinesiología, con las evaluaciones, objetivos y métodos propios de cada discipli­na. Los perros en este contexto hacen parte de las estrategias de inter­vención y de la puesta en práctica de las actividades que en sesión se realizan, para apoyar al profesional en su cometido; de allí que resulta erróneo referirnos a la TAA como un abordaje alternativo.

De lo anterior deriva, en parte, el desuso del concepto canoterapia (por lo menos en lo que respecta al mundo de los perros de ayuda social), ya que la terapia es ejecutada por un profesional calificado en algún ámbito de las ciencias de la salud con asistencia de un perro de intervención terapéutica, el cual es guiado por un técnico en intervenciones asistidas dentro de una estructura bien definida y no es, en ningún caso, una “perro-terapia” por sí sola, en la que ocurra una interacción libre de la que mágicamente resulte un cambio terapéutico espontáneo.

Partamos con algunas definiciones…

Dicho lo anterior, comencemos por hablar de este gran paraguas llamado intervención asistida por animales (IAA), que alberga bajo él por lo menos tres conceptos: la terapia asistida con animales (TAA), las actividades asisti­das con animales (AAA) y la educación asistida con animales (EAA).

La TAA, sobre la cual ya hemos aludido, ha de ser dirigida por un profe­sional de la salud. Por su parte, tal como su nombre lo indica, la EAA está encabezada por especialistas del área de la pedagogía, docentes de todos los niveles de educación, técnicos o auxiliares, psicopedagogos, etc., cuyo rol está en incorporar a los animales dentro de sus estrategias metodológicas a fin de estimular la curiosidad, el interés, la participación o, dicho en términos más globales, la motivación en el aprendizaje de contenidos curriculares, así como promover y potenciar el desarrollo de diferentes habilidades académicas co­rrespondiente a cada nivel educativo.

Interesante es el caso del programa R.E.A.D (Reading Education Assistance Dogs) sistematizado y ejecutado en Estados Unidos por Intermountain The­rapy Dogs en diferentes escuelas, donde voluntarios capacitados participan de actividades centradas en el desarrollo de competencias lectoras en dupla con un perro. Éstos visitan escuelas y trabajan con niños de manera indivi­dual o grupal con el objetivo agregado de promover el interés y el gusto por esta actividad.

La estrategia es sencilla: leer en voz alta acompañados por un perro, quien “escucha y se entretiene” oyendo el relato. Así se crea un ambiente acogedor y desprovisto de juicio, que otorga una mayor sensación de seguridad y con­trol para aquellos estudiantes que presentan mayores desafíos en el aprendi­zaje de la lectura. Estudios indican que la sola presencia de un animal promue­ve la sensación de comodidad, reduciendo la tensión inicial y contribuyendo a generar una atmósfera más cálida y menos amenazante (Fine, 2010).

Por su parte, las AAA se pueden llevar a cabo por profesionales de di­ferentes áreas o por cualquier agente capacitado para dirigir este tipo de tarea. Éstas son actividades en las que intervienen animales para proporcionar a los usuarios beneficios educativos (por ejemplo, talleres de tenencia responsable de mascotas y/o recreativos, como talleres de entrenamiento canino). Es importante resaltar que no por ello no exis­tan objetivos de intervención, más bien, la diferencia radica en el fin que se busca y la cualificación de quien dirige el proceso.

En el marco de las conceptualizaciones, considero relevante puntualizar una distinción básica. A menudo se suele confundir el término “perro de asistencia” con el de “perro de terapia” o de “perro de intervención terapéutica”.

Si bien, ambos se incluyen dentro la categoría “perros de ayuda social”, el primero se define legalmente en Chile como “aquel que fuere individual­mente entrenado para realizar labores en beneficio de una persona con discapacidad. Los perros de asistencia podrán ser entrenados para realizar labores de perros guía, de señal, de servicio o de otro tipo” (Ley N° 19.284, Artículo 25-C). Por lo tanto, éstos son perros que conviven con un usuario en específico, no teniendo otra función más que la de apoyar la indepen­dencia funcional de esa persona en particular, con funciones específicas según el tipo de discapacidad que presente la persona.

A diferencia de los perros de asistencia, los perros de intervención terapéu­tica no están regulados por ningún marco legal, sus funciones son amplias, el repertorio conductual entrenado es más flexible y diverso, pueden tra­bajar con uno o varios usuarios y en diferentes contextos; sin embargo, sus funciones se realizan dentro de periodos de tiempos acotados y con una frecuencia limitada. Viven bajo el cuidado de su entrenador, su guía y/o en las instalaciones de la institución de la cual depende.

¿Y qué pasa con los supuestos “perros de soporte o apoyo emocional”?

No puedo dejar pasar la oportunidad de comentar sobre este polémico tema. Primeramente, es importante saber que los perros de soporte emo­cional no cuentan, en ningún lugar del mundo, con estándares de entre­namiento específico ni se han establecido los parámetros de selección de los individuos, así como tampoco con qué comportamientos deben contar para acreditarse como tales, y no hay tampoco en Chile ninguna norma que lo establezca.

Por lo tanto, los perros de soporte emocional, a diferencia de los perros de asistencia, no tienen derechos de acceso a supermercados, farmacias, restau­rantes, etc., no existiendo en Chile ninguna institución ni persona natural ca­pacitada ni acreditada para otorgar dicha “certificación”. El acceso a cualquier establecimiento público o privado estará supeditado apenas a la voluntad de quien regule los ingresos a dichos edificios ya que no están incluidos bajo el concepto legal de perro de asistencia y no están amparados por la ley. Infeliz­mente, se han conocido casos de entrenadores que han llegado a cobrar altas sumas de dinero por el entrenamiento de perros de soporte emocional sin ninguna validez o garantía.

Lo mismo ha ocurrido con perros para niños con autismo, laboradores en la mayoría de los casos, que han sido adquiridos sin entrenamiento especializado para la función de asistencia, los que, al no cumplir con las expectativas de los usuarios, derivan muchas veces en reubicaciones o, en casos más severos, en abandono y graves negligencias en su contra.

La terapia como un contexto de aprendizaje: Aprendizaje, plasticidad cerebral y motivación

El neurodesarrollo humano típico consta de un proceso progresivo, que in­cluye aspectos como el control postural, la marcha, las habilidades manipu­lativas, el lenguaje, las habilidades socioemocionales, etc. Estos aprendizajes se correlacionan con cambios a nivel neuronal. La plasticidad cerebral es la capacidad que tiene la estructura cerebral para modificarse con el aprendizaje. En este contexto, la atención y la motivación en una tarea pueden potenciar la plasticidad cerebral: la plasticidad hacia nuevos aprendizajes ocurre si existe motivación, si existe un propósito y, si el resultado es exitoso, se repetirá la tarea para transformarse en automática.

Dicho la anterior, toma todo el sentido y relevancia la incorporación de anima­les, tanto como medio y estrategia para la consecución de objetivos terapéuti­cos, como con el fin último de promover cambios conductuales mediados por el aprendizaje. Gracias a la presencia de los animales en sesión, se ha observa­do un aumento a la tolerancia al esfuerzo y la permanencia en las actividades de la sesión (Silva, 2021).

La terapeuta ocupacional Paula Silva (2021), ha descrito tipos de activi­dades terapéuticas a realizarse en el contexto de la neurorehabilitación, que han probado ser exitosas según la condición presentada por pacientes atendidos en Teletón Santiago, en su programa de TAA y que han mostrado ser favorecedores para el aprendizaje motor:

1) Tono alto: perros y actividades suaves.

2) Tono bajo: perros y actividades intensas.

3) Compromiso motor severo: actividades de permanencia.

4) Compromiso motor leve: actividades dinámicas que impliquen movili­dad.

5) Déficit cognitivo: actividades sensoriales y de conexión.

En este contexto se han observado los siguientes beneficios en sesión:

1) Facilita el desempeño de usuarios en las actividades.

2) Favorece control motor y funcionalidad de extremidades superiores.

3) Favorece desarrollo habilidades sociales.

4) Aumenta motivación y la adherencia al tratamiento.

La IAA se ha convertido en un procedimiento sustentado por la evidencia obteniendo un reconocimiento válido por sus resultados, de modo que, al compararlos con las técnicas y procedimientos tradicionales, pueden resul­tar incluso más rápidos, eficaces y aceptados, por lo que dichas acciones constituyen una importante fuente de recursos para los profesionales (Dun­can, 2000, en Oropesa, García, Puente & Matute, 2009).

Una investigación realizada por Martin y Farnum (2002) demostró que los niños exhibieron un comportamiento más lúdico, se mostraron más con­centrados y conscientes de su entorno social en la presencia de un perro en comparación al comportamiento exhibido frente a una pelota y a un perro de peluche.

Junto con conocer los beneficios y potencialidades de la TAA, es im­portante tener en cuenta algunas consideraciones sobre la implementa­ción de dicho tipo de terapia de parte del profesional que la ejecutará (Martínez, 2008):

1) Efectuar un sistema de análisis completo de la institución en la que se llevará a cabo el programa, así como conocer el caso de cada paciente/familia para diseñar la intervención más idónea.

2) Emparejar el animal a las necesidades, a la problemática específica, así como valorar la capacidad del niño o adulto a responder ante el animal.

3) Definir el criterio, las metas y resultados esperados.

4) Comprender riesgos (rasguños accidentales, contacto con saliva, posibles reacciones alérgicas a evitar, etc.) y sus beneficios.

Aspectos socioemocionales: La construcción de experiencias

Muchos niños con los cuales he tenido, junto a mis equipos, la oportunidad de trabajar, han circulado de centro en centro con familias desesperanzadas, frustradas y angustiadas por la búsqueda de respuestas. Pacientes que innu­merables veces se han puesto en manos de terapeutas y médicos, llegan mos­trándose resistentes e incluso desafiantes ante cualquier contexto que mínima­mente evoque sus experiencias previas.

En este complejo escenario, la cualidad más poderosa de la TAA es la capaci­dad que posee de ayudar a construir experiencias y a la percepción del espa­cio terapéutico como un lugar grato y diferenciado, lo que en última instancia contribuirá a la predisposición emocional de los usuarios al enfrentar sus ma­yores desafíos en sesión. Por ejemplo, distinta es la disposición ante la tarea de ayudar a la búsqueda del juguete perdido favorito de Looney, una hermosa border collie de terapia, dentro de un circuito motor que involucra habilidades sensoriomotoras y cognitivas de alta complejidad, frente al mismo desafío sin una misión tan “importante” como aquella.

Todo esto está potenciado por la forma en que presentamos el espacio: un lugar lo más parecido a una casa, con fotos de perros, decoración temática de animales y donde los profesionales de la salud no usan uniformes clínicos.

Con ello, los niños logran asociar a la persona a cargo de la sesión con el perro de terapia lo cual aporta en forma positiva al vínculo terapéutico (Fine, 2010). En este sentido, algunos autores describen la función de los animales y, especialmente de los perros, como “lubricantes” o “catalizadores” del vín­culo terapéutico (Fine, 2010). Todo ayuda a una resignificación del espacio de intervención, donde además los perros son percibidos como pares con quienes no solo juegan, si no que tienen la tarea de ayudarlos también a ellos con “sus dificultades”.

Los animales pueden inducir un estado de relajación por el simple hecho de atraer y mantener la atención, con cambios fisiológicos cuantificables y promo­viendo la sensación de tranquilidad (Fine, 2010), descentrando la atención sobre los usuarios, sobre todo hacia aquellos que presentan desafíos rela­cionales, emocionales o de comunicación.

No son pocas las anécdotas donde los niños logran un nivel de identifi­cación tal que no es raro que ellos atribuyan características propias a los perros de terapia, como cuando son preguntados sobre qué edad creen que tienen los perros o en qué “curso van” (sí, dentro de nuestras sesiones creamos la ilusión a que los perros también van a la escuela y también les cuesta poner atención en clases o que odian las matemáticas), así como atribuciones sobre emociones que los perros experimentan en ese mo­mento, cómo perciben a sus cuidadores, sus relaciones con sus “amigos y familiares”, a qué le temen, cómo expresan su enojo, su alegría, su tris­teza, etc. Todo esto constituye un valioso recurso de información para los profesionales que intervienen, especialmente a los psicólogos infantiles, que a través del tipo de relación que expresan con los animales también les darán luces de cómo establecen sus patrones relacionales y la signifi­cación de sus vínculos con los otros. Estos temas son ampliamente abor­dados en el libro “Animal Assisted Play Therapy” de Risë VanFleet y Tracy Faa-Thompson, quienes proponen una interesante perspectiva de trabajo con perros y caballos desde la terapia de juego.

Es por medio del trabajo con los perros, como “sujetos de relación” (con­cepto descrito por el antropozoólogo italiano Roberto Marchesini, 2022) que podemos potenciar la toma de perspectiva interpersonal, el reconoci­miento y expresión emocional, el respeto de turnos, el trabajo colaborati­vo, el respeto de límites y de diferencias interindividuales, la resolución adap­tativa de conflicto, la comunicación asertiva, entre otras habilidades sociales que podrán transferir a sus relaciones con otras personas. Éstos son, por cierto, los tópicos que abordamos en los talleres de habilidades sociales asistido por animales, que resultan muy provechosos de tratar bajo esta modalidad, dentro de cuyos efectos colaterales encontramos el promover el cuidado hacia todas formas de vida y que conlleva el desarrollo de futu­ros adultos sensibles a las necesidades de quienes los rodean. 

Palabras finales

Los animales pueden transformarse en el mejor compañero de trabajo de un terapeuta, cuyo valor radica en, simplemente, ser él mismo. Éste puede transfor­marse en la llave de esa puerta que el ser humano adulto no logra poseer, en el pase libre al más íntimo rincón del alma de un niño (o un adulto) asustado por un mundo demasiado racional como para saber contenerlo, en la herramienta con la cual construir puentes, siendo el bálsamo necesario para ayudarnos a percibir que la realidad quizás no es tan dura como parece. La magia que genera el cambio pareciera tener su génesis en la expresividad de unos ojos inocentes, en la simpleza del lenguaje, en la presencia viva y palpable de un perro, pero sobre todo en la incondicionalidad de un vínculo que pide poco o nada a cambio.

Referencias Bibliográficas:

  • Fine A. (2010). Handbook on animal-assisted therapy. Theoretical founda­tions and guidelines for practice. Zurich: Academic Press.
  • Ley N° 19.284. Establece normas para la plena integración social de perso­nas con discapacidad. Diario Oficial de Chile, de 14 de enero de 1994.
  • Marchesini, R. y Abramovich Terol, O. (2022). Vivir con el perro: el enfoque cognitivo-zooantropológico. Opeiron Edizioni.
  • Martínez, R. (2008). La terapia asistida con animales: Una nueva perspectiva y líneas de investigación en la atención a la diversidad. Indivisa. Boletín de estudios e investigación, 9, 117-144.
  • Martin, F. & Farnum, J. (2002). Animal-assisted therapy for children with per­vasive developmental disorders. Western Journal of Nursing Research, 24(6), 657-70. https://doi.org/10.1177/019394502320555403
  • Oropesa, P., García, I., Puente, V. & Matute Y. (2009). Terapia asistida con animales como fuente de recurso en el tratamiento rehabilitador. MEDISAN, 13(6), 4-7.
  • Silva, P. (2021). Terapia asistida con animales en neurodesarrollo. Sesión de se­minario, II Seminario Internacional de Terapia Asistida con Animales, Universi­dad de Los Andes, Santiago, Chile.
  • VanFleet R. & Faa-Thompson T. (2017). Animal Assisted Play Therapy. Profes­sional Resource Exchange Inc.

 

NOTA: Este texto se corresponde con uno de los capítulos del libro “Bienestar y discapacidad. Contribuciones desde una mirada amplia y diversa”, organizado y producido por Paulina Varas Garcés de la Universidad Andrés Bello, Chile (2024)