Un gran reto educativo: Climas emocionalmente protectores
Un gran reto educativo: Climas emocionalmente protectores
Sonia López Angulo
Licenciada en Filosofía de la Educación en la Especialidad de Orientación Educativa por la UNED.
Máster en Mediación por la Universidad Autónoma de Madrid.
Máster en Necesidades Educativas Especiales por la Universidad de Deusto.
Máster en intervención Neuropsicopedagógica por la universidad de Gerona.
Asesora técnica de la Unidad Técnica de Equidad Educativa y Convivencia
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“Escuchar a los niños es complicado porque tenemos que estirarnos a su altura” (Francesco Tonucci)
Introducción
La educación emocional favorece una actitud proactiva hacia el aprendizaje competencial, mejora el autoconcepto personal y genera bienestar en toda la comunidad educativa. Es necesario promover climas de convivencia protectores, que pongan el foco de atención en la persona, sean cuales sean sus capacidades y limitaciones, en el valor humano de lo que hacemos, teniendo en cuenta a las familias de nuestro alumnado, sin olvidar que éstas actúan como termómetro de nuestra infancia y nuestra adolescencia.
Acompañar al alumnado
Es una responsabilidad compartida y prioritaria para las administraciones y los profesionales del sistema educativo prestar apoyo socioemocional al alumnado. Ante los cambios profundos y las situaciones vitales que derivan del día a día, se requiere de procesos de acompañamiento de calidad para el neurodesarrollo del alumnado. Y no consiste solo en estar con ellos, es preciso un nivel más ingente de compromiso con la docencia.
Hemos de ser conscientes de lo trascendental que resulta (siempre, pero más en este momento) la posibilidad de acompañar, de dedicar tiempo a la comunicación y a la escucha de las vivencias, facilitando la identificación de sentimientos, dando cabida a todas las emociones y teniendo muy presente la importante cualidad reparadora del vínculo afectivo. La docencia que pone este valor humano en la comunicación conlleva una intencionalidad educativa de largo alcance que repercute directamente en el alumnado.
Es innegable que cada gesto, cada mirada, cada decisión que tomamos en el aula está cargada de intencionalidad, y nuestro reto está en poner especial atención, en acoger las circunstancias individuales de cada niño y cada niña, validar su estado emocional, construir el relato de la vivencia y ayudar en la gestión de las circunstancias que vayan surgiendo. El mundo emocional de cada persona es como la parte no visible de un iceberg, y es necesario ahondar en él si queremos favorecer tanto nuestro propio bienestar emocional como el de nuestros menores. Al mismo tiempo, es primordial atender a nuestro sentir y permitirnos el autocuidado como docentes para poder cuidar a los demás. Para transmitir bienestar y seguridad, hemos de asegurar nuestras reservas.
Las respuestas que teníamos nos quedan cortas, por lo que es preciso transformar el modelo de convivencia en los centros educativos. Todo ello requiere de una mirada profesional que promueva suficiente aptitud y actitud para acompañar y guiar este camino. Sumar a la mirada conjunta una combinación de actuaciones que perfilen un matiz humanista, mediante un modelo de comunicación empático con calado en la comunidad educativa, se hace tan necesario como el agua en el desierto.
Estamos ante un elevado número de cambios sociales que tanto nuestra infancia como nuestra adolescencia están acusando. Voces como la de Coral Elizondo (2024), referente en nuestra práctica educativa, nos interpelan: «es momento de repensar, de volver a pensar, de pensar de otra manera, de transformar». Se requiere de tiempos y espacios de reflexión y análisis en la escuela para poder tomar conciencia de que las vivencias conllevan consecuencias y huellas emocionales que generan impronta en nuestro alumnado. Lo que impacta emocionalmente en nuestros niños, tengan o no síndrome de Down, queda marcado para siempre en sus corazones.
Tiempo para la escucha
Es la población infantil y adolescente la que manifiesta mayor adaptabilidad a los cambios de su entorno, pero eso no quiere decir que no sufran sus consecuencias. Quizás, esa aparente moldeabilidad simplemente responda a una vivencia emocional distinta a la de las personas adultas.
Todos los profesionales de la educación que, junto con nuestra infancia, cruzamos el umbral de la puerta de las aulas, compartimos sentimientos que derivan de unas vivencias particulares y, por lo tanto, de una memoria emocional diferente. Hemos de ser conscientes de lo trascendental que resulta siempre disponer de tiempo para la comunicación y la escucha de vivencias dando importancia a la cualidad protectora del vínculo afectivo.
La escuela tiene como tarea ineludible generar espacios para la escucha, en los que las miradas educativas compartidas sumen al bienestar de nuestra comunidad. La comunicación horizontal y simétrica es necesaria para mirar de forma conjunta. Esta mirada educativa de centro generará entornos de trabajo saludables en los que se pondrán en valor las intenciones comunicativas. La calidad y la calidez humana que habrá en esos entornos será la seña de identidad del centro, y los procesos cognitivos dispondrán del calor y el color de los procesos emocionales, actuando como colchón emocional y favoreciendo los procesos de aprendizaje del alumnado.
Cada día en los centros educativos el alumnado construye su narrativa de vivencia, y debemos preguntarnos: ¿cuál es esa narrativa que queremos que construyan cuando sean adultos?; ¿cuál habrá sido la vivencia de la escuela en sus vidas?; ¿qué intención educativa habrá tenido efecto reparador de calidad sobre el dolor emocional de nuestro alumnado? Todos los días se comparten tiempos de calidad, largos momentos escolares en los que cada mirada, cada gesto, cada palabra –tanto del profesorado como de sus iguales– va a ayudar a construir momentos reparadores de esos que, en ocasiones, las familias no pueden proporcionar.
La convivencia en los centros
Hablamos de un modelo que centre su trabajo en la prevención, lo que requiere de anticipación y de una mirada transformadora. Somos una flota en la que cada agente educativo tiene un papel fundamental como agente de cambio social. Se trata de pensar la convivencia escolar como eje vertebrador del sistema educativo, como responsabilidad de toda la comunidad educativa, que es fundamental para mejorar el clima en los centros escolares. De ello emana la necesidad de perfilar las líneas prioritarias de actuación en los centros que garanticen el cumplimiento de los derechos de la infancia.
Bajo el paraguas de la convivencia, el marco de trabajo que debemos perseguir ha de implicar una educación inclusiva y equitativa de calidad, y la promoción de oportunidades de aprendizaje bajo climas educativos seguros y protectores que promuevan el bienestar emocional (Ruiz, 2016). Esto nos lleva a plantearnos qué centros educativos queremos para nuestro alumnado y cuál es nuestra mirada; cómo podemos hacer realidad el sueño inclusivo y por dónde empezamos. Esta reflexión inicial es el sustrato para poder conseguir procesos de cambio. Solo así crearemos y construiremos una visión compartida.
Se trata de reflexionar en comunidad para lo que, en muchas ocasiones, no disponemos del tiempo necesario. Hemos de ser conscientes de que nuestros actos, nuestras actitudes, nuestra mirada como docentes, inciden en todo el alumnado y en sus familias. De ahí que sea necesario marcar un rumbo como equipo para crear una escuela humanista que ponga en valor el cuidado emocional en los centros, de forma que se acoja y se haga brillar a todo el alumnado.
Promover una visión de los centros como lugares acogedores y protectores nos lleva a pensar en la necesidad de abordar la convivencia a partir de la prevención y del trabajo proactivo en competencia docente emocional. Es necesario promover una visión de los centros como lugares acogedores y protectores en los que la misión se centra en crecer en prevención; donde toda la comunidad educativa es bienvenida; donde la apertura a la comunidad conlleva participación y donde el alumnado puede desarrollar sus creencias de identidad mirándose en un espejo emocional en positivo. Nada es tan contagioso como el ejemplo, nada es tan valioso como la intención; y una meta sin un plan no es más que un simple deseo.
Voces que hablan de la escuela inclusiva, voces que dan valor a nuestro quehacer educativo, voces que hacen brillar a nuestro alumnado, voces que defienden la escuela que soñamos… Si este es el centro educativo que aboga por una infancia escuchada, si esta es la escuela que permite crecer en prevención en nuestra infancia, empecemos.
BIBLIOGRAFÍA
- Ruiz, E. (2016). Todo un mundo de emociones. Educación emocional y bienestar en el síndrome de Down. CEPE. Madrid
- Elizondo, C. (2024). Neurodiversidad. El funcionamiento del cerebro en la escuela inclusiva. Ediciones Octaedro. Barcelona



